Basta una veloz mirada al mapa para descubrir que el mandala del desarrollo urbano no podía ser sino éste. Elegir la forma de quien gobierna el mar para construir inmensas y valiosas plataformas de piedra, armar naves y adiestrar hombres hacia lo desconocido.
El pez asume las tonalidades rojas del paño constelado de estrellas sobre el que se destaca el León de San Marcos, los matices rojos de los cristales de Murano, de los estucos y los mármoles.
Sus escamas devuelven la singular geometría de una red vial que no conoce marchas rectilíneas, porque se genera siguiendo la curva del agua, y secunda su movimiento sinuoso y circular.
Un símbolo que es a la vez étimo y proyecto, porque transcribe la irrepetible naturaleza del lugar, no como una huella fósil, sino como un organismo vivo, móvil, mutante. |